Marina Abramovic no sólo está en el MOMA. Hay una pared en el Lower East Side que va cambiando de rostro y que desde hace un par de semanas, muestra el inquietante semblante de esta artista a la que el museo neoyorquino le dedica una retrospectiva hasta el próximo 31 de mayo. No sé si la obra la ha colocado el MOMA como publicidad subliminal pero sin duda lo prefiero a un anuncio de Pepsi. Si no sabes quien es o por qué está ahí, la imagen no te vende nada más que el placer de ver a una mujer de expresión inteligente, en blanco y negro y con un ramo de flores con la mirada perdida en el horizonte del barrio.
Es la primera vez en la historia que un museo no utiliza las performances simplemente como condimento exótico de otra exposición sino que tiene un piso entero dedicado durante tres meses a mostrar la trayectoria de cuatro décadas de carrera de una performer, en este caso artista yugoslava (ella aún se define así, aunque su país ya no exista).
Cada día un grupo entrenado por ella representa algunos de sus trabajos en directo. Otros se muestran bajo forma de videos, acompañados de escritos, fotografías e instalaciones. Y en el inmenso atrio del museo Marina pasa ocho horas al día en silencio sentada frente a una mesa en la que hay una silla vacía. Todo el que quiera puede sentarse en ella y contemplar a la artista. Ella a su vez, no dejará de mirar a los ojos al que se atreva a participar en su performance, titulada, muy acertadamente, The artist is present. En este link se puede ver en directo a Marina y a sus compañeros de mesa durante las horas en que el museo permanece abierto.

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