Feb 19, 2014

TONY BLAIR, ASESOR DE PRESUNTOS CRIMINALES



Tony Blair by Richard Hamilton


Una bomba de relojería cayó hoy sobre el ex primer ministro británico Tony Blair. Tras esquivar silenciosamente los rumores sobre su posible romance con Wendi Deng, la ex mujer de Rupert Murdoch, que le han costado su amistad con el magnate de la comunicación, el ex político laborista difícilmente podrá salvar la cara tras lo que hoy se escuchó durante el juicio por las escuchas telefónicas de News of the World en Londres: Blair aconsejó en secreto a Rebekah Brooks, principal acusada y ex directora del clausurado periódico, propiedad de Rupert Murdoch, en plena tormenta por aquel escándalo. Así se recoge en un email presentado por el fiscal, firmado por la propia Brooks y dirigido a James Murdoch, hijo del magnate.

Según se puede leer en el documento, publicado por The GuardianBlair mantuvo una conversación telefónica de una hora con Brooks en la que le dio asesoramiento sobre qué hacer respecto al agujero en el que ella y su equipo se ahogaban tras destaparse que durante más de una década el periódico había intervenido los teléfonos de cientos de personalidades. La reunión se produjo el día después de que se publicara el último número News of the World y seis días antes de que la propia Brooks fuera arrestada. Durante la reunión Blair le pidió que su asesoramiento se mantuviera en secreto, “entre nosotros”, pero que podrían considerarle su “consejero extraoficial” y que estaba “disponible” para ella, para Rupert Murdoch y para James Murdoch, en aquel momento presidente ejecutivo de News International, editora del periódico.

El email está fechado el 11 de julio de 2011, cuando aún parecía inquebrantable la amistad construida con solidez entre Blair y Murdoch durante la campaña electoral de 1997, que llevó al político laborista a gobernar su país ininterrumpidamente durante diez años siempre con Murdoch en la cercanía. Tras su dimisión en 2007, Blair montó una jugosa y rentable red de consultorías para dar asesoramiento a empresas y gobiernos y aunque del email no se deduce si llegó a cobrar por sus consejos a Brooks o si lo hizo por pura amistad, su voluntad por querer ayudar a los supuestos culpables de uno de los escándalos más sonados y oscuros que ha vivido la prensa británica en los últimos tiempos anuncia una fuerte tormenta sobre el político.

Según puede leerse en el email, Blair aconsejó a Brooks crear una comisión de investigación independiente, al estilo de la comisión Hutton (que investigó la muerte de David Kelly, científico fallecido en circunstancias extrañas tras desvelar que el gobierno de Blair había ‘hinchado’ la información sobre las armas de destrucción masiva de Irak). Sin duda este punto provocará un gran revuelo político porque a menudo se ha dicho que aquella comisión, creada por Blair, fue una pantomima del gobierno laborista y no escarbó en lo que realmente le ocurrió a Kelly, quien oficialmente se suicidó.


En el email de Brooks puede leerse los pasos que según Blair debería dar: “Publica la primera parte del informe al mismo tiempo que la policía cierra su investigación. Acepta sus deficiencias y propuestas y cuando acabe el juicio publica la segunda parte”. Blair también daba por hecho que el informe la libraría de culpas y le daba consejos para enfrentarse anímicamente a la situación: “Mantente fuerte y sin duda toma pastillas para dormir. Hay que tener la cabeza despejada y recuerda que no hay que precipitarse sobre soluciones a corto plazo que te pueden dar quebraderos de cabeza a largo plazo”.  Por último le dice que se mantenga fuerte porque “todo pasará”. 

No le dio tiempo a seguir sus consejos. La arrestaron seis días después de enviar aquel email. De momento está sentada en el banquillo. La próxima semana comienza su defensa.

Feb 3, 2014

PETE SEEGER, RECUERDOS

Ultimamente se mueren todos los grandes. Vivir en Nueva York durante trece años me permitió entrevistar y hasta conocer (no siempre son sinónimos) a muchos de ellos. Y ahora me toca enterrarlos. El domingo fallecía Philip Seymour Hoffman, a quien entrevisté en 2003 para el también difunto Tentaciones de El País, cuando aún era sólo célebre en el mundo indie y no el actor más admirado y alabado de su generación. Comí con él, algo imposible años después, cuando la dictadura del junket se impuso en su vida de famoso. Fue un encuentro agradable, intenso, pero no memorable, o al menos yo no tengo recuerdos nítidos, aunque sí sé que hablamos mucho más de lo que pude publicar. Sin embargo, hoy no me atrevería a escribir más de lo que escribí en aquella entrevista (Tentaciones no está en los archivos online de El Pais, lamentablemente), aunque sí podría decir muchas cosas sobre su cine, o su teatro: le vi interpretando al Willy Loman en Muerte de un viajante, bajo la batuta de Mike Nichols. Brutal. Pero es mejor leer a quienes realmente le han conocido y tienen recuerdos que compartir o a quienes lo saben todo sobre su cine.


De quien sí quise escribir tras su muerte, en cambio, fue de Pete Seeger. Por muchas razones. Mis recuerdos sobre el maestro del folk los publicó El Confidencial en este artículo que reproduzco aquí titulado

"LA INDUSTRIA MUSICAL MALTRATÓ A PETE SEEGER"
Pete Seeger en el jardín de su casa en Beacon en mayo 2012.

“Creo que Dios es la eternidad y que en la eternidad hay música”. Yo no sé qué es Dios pero sí sé que si existe la eternidad, Pete Seeger estará ahora mismo cantando en su escenario principal. Ha resistido hasta los 95 años, dos más de los que tenía cuando le escuché pronunciar aquella frase mientras hablaba de la muerte con la serenidad con que sólo pueden hacerlo nuestros mayores. Por aquel entonces la vida ya le estaba traicionando, sus manos le dolían, sus dientes le molestaban, la humedad del río Hudson, que se veía desde su ventana, se le metía en los huesos, y su cuerpo frágil se movía incierto incluso por una casa que él mismo había construido sesenta años antes. 

Aún así, todavía le quedaban fuerzas para cortar leña con un hacha, “cuando mi espalda me lo permite”. Y para cantarle a su adorada esposa, Toshi, que estaba postrada en la cama y apenas podía hablar cuando la conocí, aunque con Seeger no le hacían falta palabras: llevaban viviendo juntos setenta años. Ella murió hace seis meses. Y a él no le debió de gustar seguir el camino solo. Al fin y al cabo, “sin la ayuda y la comprensión de Toshi, Pete Seeger no habría sido Pete Seeger” me dijo él mismo cabizbajo hace casi dos años.

Entrevistar al símbolo vivo más importante de la música folk y el activismo político estadounidense fue un regalo que vino precedido de varios encuentros, algunos inesperados. El primero fue precisamente en el pueblo de Beacon, donde él vivía. Ocurrió hace seis años, mientras paseaba por la orilla del río con mi madre, que estaba de visita. Escuchamos música y descubrimos a unas veinte personas sobre un muelle. Al acercarnos vimos a un señor de barba cana, mucho más alto que el resto, con camisa y pantalón vaqueros y gorro de colores cantando y tocando un banjo.
Pete Seeger en aquel concierto en 2008 en Beacon.
Cuando tras mirarle bien entendí que era Pete Seeger, la canción había terminado, él ya había posado su instrumento y la gente se abalanzaba para sacarse fotos a su lado. Seeger, sonriente, posaba paciente con aquellos groupies, cuya media de edad debía de estar en los cincuenta. “Como vive en el pueblo toca por aquí a menudo. Y hoy son las fiestas de Beacon” me comentó alguien. Yo conocía su historia, sabía quién era, me emocioné pero le sentí cansado así que no quise ser una pesada más y no me atreví ni a balbucear a su lado. Me limité a observarle en la distancia y de repente, en un momento que hoy recuerdo como surrealismo puro, se me acercó un señor con dos loros, totalmente fuera de contexto en aquel muelle y en aquella situación, y me propuso que me hiciera una foto con los pájaros. Hoy conservo una imagen absurda, posando con cara de idiota con los loros, en la que aparece Pete Seeger al fondo entre la multitud.

Pocos meses después le vi emocionarse junto a Bruce Springsteen en la ceremonia de inauguración de Barack Obama en Washington DC en 2009. De los amigos que me acompañaban ninguno sabía quién era aquel viejecillo que tocaba junto al Boss This land is your land, ese clásico de Woody Guthrie que gracias a Seeger se convirtió en uno de los anatemas de la izquierda estadounidense. Me sorprendió que no le conocieran y pregunté a mi alrededor: Bono y Beyoncé, también invitados, eran como de la familia pero entre el público Seeger parecía ser un desconocido. Y sin embargo, la única presencia que estaba realmente justificada sobre ese escenario en aquel día tan irrepetible era la de Seeger: fue él quien popularizó el tema We shall overcome, un gospel de principios de siglo que gracias a este neoyorquino se convirtió en banda sonora de la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos en los años sesenta.

El rincón de los instrumentos de Pete Seeger en su casa.
“La música era de los pocos espacios donde los negros y los blancos nos relacionábamos de forma natural” me contó. Fue al recordar la América de los años treinta y cuarenta, donde llegó a convertirse en una estrella de vida fugaz, torpedeada por el Comité de Actividades Antiamericanas, que le acusó de comunista y proscribió su música en los cincuenta. Los niños se convirtieron entonces en su “audiencia ideal”, como los definió él mismo. “Son divertidos y te hacen sentir optimista incluso cuando te invade el pesimismo”.

Bruce Springsteen recuperó en el disco We shall overcome, the Seeger sessions muchos de los temas que popularizó Pete Seeger a lo largo de su carrera. El secreto oscuro, según me contó su hija sin querer acusar a nadie, es que el viejo Seeger apenas vio dinero de aquella grabación. “En realidad nunca fue muy bueno en los negocios y entre que muchas de las canciones que hizo célebres no las había escrito él y que las suyas no las defendió bien, ganó muy poco dinero con la música. La industria no le trató bien” me dijo Tinya Seeger entre fogones. Cocinaba una sopa de verduras para sus padres y para su hijo en la hoy ya mítica casa de Beacon, y trataba de cuidar de la pareja “aunque no se dejan”. Entonces me pidió que no escribiera sobre los malditos royalties pero hoy creo que ya puedo contarlo, aunque no tengo datos para corroborar lo que me dijo Tinya.

Seeger conservaba cientos de latas de película que él mismo había montado en esta sala. 
Activista político antes que músico, aunque para él la música fue siempre sinónimo de activismo, Seeger no quiso faltar a la cita más importante que ha vivido la izquierda estadounidense del siglo XXI: Occupy Wall Street. Se manifestó y cantó con los jóvenes que durante tres meses ocuparon una plaza en el corazón del capitalismo mundial en 2011 y ellos se lo agradecieron bautizando aquella marcha La Marcha de Pete Seeger. Estuve prácticamente empotrada en aquellas protestas durante meses pero me perdí aquel día clave. Sin embargo, sí le vi en el Madison Square Garden, donde se organizó un concierto para celebrar su noventa cumpleaños y donde el público se emocionó casi más que el propio Seeger, que a esas alturas había resucitado de sus cenizas tras años relegado a cantar en Barrio Sésamo porque su país le dio la espalda. “Hasta que Bill Clinton no le entregó la Medalla Nacional de las Artes en los noventa no volvió a ser popular” me contó Tinya.

Seeger en su cocina.
La casa de Pete y Toshi era caótica y modesta, sin los lujos ni exhibicionismos que caracterizan a otro tipo de músicos. A pesar de su edad vivían solos con dos gatos, un perro y el desorden propio de un lugar en el que han dejado huella sesenta años de vidas inquietas y bohemias. Allí nacieron tres hijos, les visitaron múltiples nietos, varios bisnietos y sin duda, algunos de los mejores músicos de la historia, los amigos de Seeger, empezando por Woody Guthrie.

Libros, cajas, toneladas de papeles y recuerdos y por supuesto, instrumentos musicales. Muchos. Pese al desorden, era acogedora y cálida. Un hogar, en el sentido más sentimental del término. En el mundo new age se diría que había ‘buenas vibraciones’. Tras pasar allí el día entero me quedé con ganas de que la familia Seeger me adoptara, de disfrutar de ese abuelo que no tuve, de esas hermanas que nunca existieron, y de ese paisaje del que emanaba tanta quietud. Escuché relatos fascinantes, casi un siglo de historia americana irrepetible a través de su vida y también algunas historias largas y enrevesadas, agotadoras como las batallitas de cualquier abuelo. Pero sobre todo, Seeger me estrujó el corazón con confesiones conmovedoras. Conocerle fue una de las mejores cosas que me han pasado. Y entrevistarle fue uno de los mejores regalos que me ha dado mi profesión.
Esto veía Pete Seeger al despertarse cada mañana.

Jan 27, 2014

ABORTO SIN BISTURÍ

Aborto es mirar tu exiguo salario, tu paupérrimo extracto bancario, los recibos atrasados, la expresión de ansiedad de tu pareja en paro. Aborto es una legislación que ha permitido que los sueldos de un país se reduzcan a la mitad, acercándonos a economías en desarrollo y alejándonos de la Europa a la que supuestamente pertenecemos. Aborto es que las empresas despidan en masa a sus empleados, que no haya una política de alquileres que permita a las parejas jóvenes independizarse, que sea casi imposible mantener a un hijo con un solo sueldo. Aborto es que te obliguen a elegir entre ser madre devota y sacrificada, que aparca su carrera profesional para entregarse a la crianza o ser una madre trabajadora y cargada de culpas que aparcará a sus hijos en una guardería desde los cinco meses y sólo les verá crecer los fines de semana. Aborto es que haya familias que ni siquiera puedan costearse una guardería. Aborto es que no haya una vía intermedia, un tejido social que permita que las mujeres no tengamos que elegir entre criar solas o desaparecer, que toda la sociedad se implique en la crianza de los hijos.

Aborto es aquella milonga que nos vendieron a las de mi generación (las que nos acercamos o superamos los cuarenta), 'retrasa tu maternidad, ocúpate de tu carrera profesional, gana dinero'. ¿Para esto queríamos nuestras carreras, para trabajar diez horas diarias y que tras veinte años de experiencia nos echaran a la calle, o aún peor, para que nunca llegáramos a conseguir ningún tipo de estabilidad económica con la que atrevernos a tener un hijo? Aborto es trabajar para alimentar una máquina de producción económica cuya avidez no tiene límites pero cuya generosidad ha quedado relegada a algunos países del norte de Europa, donde aún es posible ser madre sin morir en el intento.

Aborto es miedo al futuro. Lo escucho a menudo entre mis amigas, muchas de ellas con tremendas ganas de ser madres y con demasiadas dudas y temores económicos. Y ellas a su vez se lo escuchan decir a otras mujeres. No hay cifras, no hay estadísticas, pero el miedo a la incertidumbre que pesa sobre las madres y padres potenciales de este país provoca diariamente miles de abortos, probablemente más que los 100.000 que practican los médicos anualmente. Son abortos virtuales, no se practican en quirófanos, los bebés ni siquiera llegan a ser concebidos. Sin embargo, tienen consecuencias reales: en España cada vez nacen menos niños. Miles de mujeres abortan cada día en sus cabezas porque lo único que ven a su alrededor es hostilidad

El señor Gallardón piensa que con su ley del aborto subirá la natalidad. Pobre ingenuo. Su gobierno es uno de los principales responsables de que en España se hayan multiplicado los abortos. Y aunque él sólo piense en los abortos físicos, yo y miles de mujeres pensamos en los hijos que nos gustaría tener y nunca podremos por culpa de un gobierno que se ha ocupado de alejar de nuestro horizonte la posibilidad de ser madres. Mientras en Alemania se incentiva la natalidad con ayudas sociales de todo tipo y se piensa así en el futuro de las pensiones, en España la solución a la bajada de la natalidad es obligar a las mujeres ser madres incluso en contra de su voluntad. Es una de las mayores memeces que se han escuchado en la política occidental del siglo XXI. Y asi pasarán a la historia estos tipos de PP, como memos. Mientras, miles de mujeres vivirán el doloroso calvario de abortar en Londres o en París y otras, seguiremos abortando diariamente en nuestras cabezas. Porque aunque Gallardón no lo sepa, abortar es una de las experiencias más desgarradoras por las que atraviesa una mujer, aunque no medie un bisturí.

Nov 5, 2013

Pequeños y estúpidos recuerdos

Este artículo lo publiqué en El Confidencial tras la muerte de Lou Reed el pasado 27 de octubre. Lo recupero porque sin duda es carne de Crónicas Barbaras.

Lou Reed en chandal.
"La muerte se sienta en el trono, completamente sola, de una ciudad a orillas del mar. New York City". Son palabras de Lou Reed, escritas en el prólogo del libro The Raven, ilustrado por Mattotti, uno de sus últimos trabajos. El domingo la muerte vino a buscarle y desde el trono de la ciudad que siempre será sinónimo de Lou Reed, se lo ha llevado. Tenía 71 años y ni él mismo entendía cómo había conseguido vivir tanto tiempo. Para un tipo que se casó con la heroína y la convirtió en himno generacional cuatro décadas antes, cada día ha debido de resultar un regalo, aunque la hubiera abandonado hace unos años.
Yo ni siquiera había nacido cuando editó su primer disco, The Velvet Underground & Nico, ese clásico con un plátano en la portada firmado por Andy Warhol que hoy es, por dentro y por fuera, carne de coleccionista. Pero con los años vas descubriendo los tesoros del pasado y sí, disfruté mucho escuchando a ese primer Lou Reed y como mucha gente, tuve una etapa obsesiva en la que Perfect Day sonaba en ‘loop’ en mi cabeza.
Cuando me mudé a Nueva York lo disfruté un poco menos ya que el mito se derrumbó deprisa. Lou Reed solía ser uno de los nombres recurrentes en todo sarao con reivindicaciones de izquierdas: contra la guerra de Irak, contra Bush, a favor de la educación, a favor del matrimonio gay, a favor de Obama… En Nueva York siempre hay una buena excusa para montar algún concierto solidario con múltiples estrellas: es fácil, muchas viven allí. Y algunas como Lou Reed o Moby o Susan Sarandon, parecían tener carné de ‘estrella disponible para protestas varias’.
Al principio me apuntaba siempre que aparecía la oportunidad: la idea de ver a Lou Reed  en directo en su ciudad era demasiado suculenta. Lo malo es que Lou Reed solía ser una estrella desganada y cada vez que se subía a un escenario daba la sensación de que nos estaba perdonando la vida. Verle cantar Walk on the wild side con cara de aburrimiento da mucho bajón. Parecía que se le hubiera apagado el alma. Sobre aquellos escenarios no había rastro de ella.
Además no me gusta la gente antipática y él a menudo lo era con su público. Su tiempo como músico de la Velvet había pasado pero ni Lou Reed ni Nueva York parecían darse por aludidos y ambos insistían en seguir cantándole al pasado en aquellos eventos corales. Error. Sí le vi tocando feliz, ensimismado, en las pequeñas jam sessions que montaba John Zorn en lugares como el Anthology Film Archives, la filmoteca creada por el cineasta experimental Jonas Mekas en el East Village. Pero esas sesiones, aunque con público –se organizaban de improviso y a veces no acudían ni veinte personas- eran sesiones no aptas para todos los oídos. A veces podían ser extraordinarias y otras un soberano tostón si no entrabas de lleno en la onda experimental. Para los músicos en cambio eran el éxtasis y Lou Reed, que allí sólo tocaba su guitarra, parecía alcanzarlo. Tocaba para él, no para nosotros.
Sólo recuerdo una vez que me estremeciera y curiosamente no fue con la música sino con la poesía; más concretamente con la ¡poesía catalana traducida al inglés! En el año 2007, en uno de esos movimientos promocionales geniales de los catalanes, el Institut Ramon Llul le invitó junto a Patti Smith y Laurie Anderson (otros dos mitos indiscutiblemente neoyorquinos) a dar un recital de poesía catalana (Casasses, Miquel Martí y Pol, Carner…) en el centro cultural Baryshnikov y contra todo pronóstico, aquello se convirtió en una velada mágica. Incluso con su barriga y su cara de sabueso enfadado Lou Reed consiguió hacernos viajar con la palabra, aunque confieso que fueron Patti Smith y Laurie Anderson, su compañera sentimental en las últimas dos décadas, las que realmente nos hicieron soñar aquella noche.
Cuando empecé a escribir desde Nueva York descubrí que toda la generación de jefes de cultura de todos los medios españoles sentía absoluta veneración por el triunvirato neoyorquino Lou Reed-Woody Allen-Paul Auster. Supongo que es una cuestión generacional.  A ninguno de los tres se les prestaba demasiada atención en su país cuando se embarcaban en algún proyecto nuevo pero cualquier cosa que hicieran siempre se convertía en noticia para España así que a menudo escribía sobre ellos y un día llegó la primera entrevista con Lou Reed.
Fue en 2002. El músico acababa de editar el disco The Raven, un fascinante viaje sonoro a través de la poesía de Edgar Allan Poe pero reinterpretado por él. La entrevista me la pidió la revista Rolling Stone. Me puse nerviosísima. Aún no había visto a Lou Reed en directo. Aún creía en el mito. Aún era bastante inexperta. Pasé muchos días preparándola y descubriendo, aterrorizada, que tenía fama de ser muy antipático con la prensa. Pero tuve suerte: entré en el despacho de una pequeña discográfica cuyo nombre no recuerdo en la calle Broadway y Lou Reed me recibió sentado sobre su mesa y con una sonrisa. Me derretí: en el año 2002 aún era un señor bastante atractivo, algo que nunca había pensado viéndole en fotos. Y resulta que yo me parecía a una antigua novia suya, eso fue lo primero que me dijo. Supongo que le puso de buen humor. Así que gracias a esa novia Lou Reed no me maltrató. Fue ameno, agradable, locuaz y aunque hubo algún brevísimo atisbo de hosquedad, la entrevista fue rodada. Salí de aquel despacho con la sensación de haber tocado el cielo.
Pasaron ocho años aunque más para Lou Reed que para mí. El cambio de los 60 a los 68 es más cruel que de los 28 a los 36. Y pese a la experiencia que dan los años, cometí un error: me confié. Acudí a mi segunda cita con Lou Reed, esta vez para El País, pensando que como la primera vez había ido bien también sería así la segunda. Pero no. Aquel encuentro fue una pesadilla. Ya no debía de quedar en mí ni rastro de esa antigua novia suya y él… ¿qué puedo decir? De repente vi a un señor en chándal y zapatillas con el rostro de Lou Reed y esa imagen me cortocircuitó. Zapatillas de andar por casa en el restaurante de la esquina de su apartamento.
En Nueva York no es raro que bajes a comprar leche en zapatillas. Yo lo he hecho. Pero no sé… ver a Lou Reed con ese aspecto tan de abuelo, caminando despacito, me dolió. Claro que cuando empecé a hacerle preguntas y empezó a darme cortes, a hablarme sin ganas, en monosílabos, con desprecio, la tristeza mutó en cabreo. Estuve a punto de levantarme varias veces y dejarle ahí, rumiando ensalada. Sé que a él le hubiera dado igual. Al menos aquel día, los humanos que nos lo cruzamos, incluida la camarera que le servía, éramos el equivalente a insectos miserables. El encuentro fue muy breve. La entrevista fue un fracaso. Y me hizo pensar en Laurie Anderson, con la que conversé varias horas hace años, una especie de duendecillo feliz en las antípodas del carácter de su marido. Quién sabe por qué esa bellísima persona se enamoró de ese talento de alma oscura llamado Lou Reed. Hoy su sonrisa traviesa estará escondida tras las tristeza de la pérdida. Quizás había que ser alguien tan especial como ella para adentrarse en su mundo. Pese a todo, fue generoso. Nos dejó su música. Y a algunos, pequeños y estúpidos recuerdos.