Sep 26, 2015

JURASSIC LONDON

[Este artículo se publicó originalmente en la revista Ctxt, donde tengo una columna semanal]

A veces sueño con una vida jurásica en la que poder desayunar dinosaurio a la plancha con ensalada de ortigas, conducir un tronco-móvil como los Picapiedra  y no tener más preocupación que la de tumbarme al sol y sobrevivir hasta mañana sin que me devore un brontosaurio. El pasado domingo mi sueño casi se hizo realidad al poder pasearme precisamente entre ‘dinos’ gigantes por uno de esos lugares que no aparecen en las guías turísticas y de los que sólo los vecinos de un barrio suelen disfrutar. El parque de Crystal Palace en el sur de Londres es uno de esos maravillosos secretos que todas las grandes ciudades del mundo atesoran y a los que a menudo sólo se llega por una mezcla de curiosidad y casualidad.



El parque toma el nombre de la construcción que en 1851 sirvió como contenedor a la Exposición Universal de aquel año. Originariamente el palacio de cristal estaba en Hyde Park, donde se celebró aquel evento, pero en 1856 se lo llevaron a estas colinas del barrio Sydenham Hill y allí estuvo aquella impresionante construcción firmada por Joseph Paxton hasta que un incendio la destruyó en 1936. En su momento fue el edificio con mayor cantidad de cristal del planeta pero de aquel bello espectáculo ya no queda nada. En lo que hoy se llama Crystal Palace Park, antes conocido como Penge Common, hay claros rastros de la planta en piedra y sobreviven las escalinatas que daban acceso al edificio. Nada más. Bueno sí, te puedes encontrar algunas esfinges egipcias con más de un rasguño mirando impertérritas hacia el infinito y también una antena de televisión hecha a imagen y semejanza de la Torre Eiffel.
En uno de esos alardes de grandeza británica que caracterizaron el siglo XIX, cuando decidieron transportar el Palacio de Cristal a estas colinas también se decidió, por qué no, construir un área con estanque y cascadas y llenarla de… dinosaurios. Construidos a imagen y semejanza de los diferentes bichos prehistóricos que se habían descubierto por aquel entonces y adelantándose seis años a la publicación de El origen de las especies de Darwin, los dinosaurios diseñados por Benjamin Waterhouse Hopkins siguen hoy allí, ocultos entre la vegetación, enseñándose con ferocidad los dientes entre ellos, nadando en el estanque, con sus lomos de piedra de más de 150 años enverdecidos por el musgo. Es una imagen gloriosa, teñida de irrealidad, excéntrica, hasta romántica y sin duda mucho más apetecible que la de sufrir y sudar entre hordas humanas para ver los esqueletos de esos mismos bichos en el museo de Historia Natural de Londres.

Gracias a ellos pude olvidar por un instante mi propia realidad, nada jurásica, más bien aburrida, de clase media. El día antes había hecho mi declaración de la renta. Me sale a devolver. Menos mal. Pero los números son demoledores. El año pasado ingresé un tercio de lo que ganaba hace siete años. Admito que el año pasado trabajé un tercio o menos de lo que solía trabajar. Cosas de la maternidad reciente y del precio de las guarderías británicas. Pero no deja de estremecerme qué pasará cuando vuelva a trabajar tanto como antes de ser mamá. Porque en España, junto a Italia, las colaboraciones periodísticas se pagan francamente mal en comparación con el resto de países europeos y eso te lleva a pensar que si después de casi veinte años de carrera aspirar a cobrar un poco más y de acuerdo a lo que sabes –no es mucho pedir, en el resto del mundo es lo habitual- es una quimera porque las tarifas nunca han subido y tampoco han dejado de bajar, quizás lo único con algún sentido económico sería cambiar de profesión. Cuando te gusta tu trabajo que te acucie esa duda es peor que una úlcera, porque te aporrea el estómago y el corazón, tanto que de repente mirar dinosaurios en un parque te hace añorar aquel tiempo en el que la vida era tan sencilla como tener que esquivar cada mañana el ataque de un diplodocus.



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