[Este artículo se publicó originalmente el 15-9-2015 en la revista semanal CTXT]
Jeremy Corbyn ha dejado de ser un personaje
“anacrónico e irrelevante” para convertirse en “una amenaza para la seguridad
nacional”. Así funciona el lenguaje del poder: un señor mucho más parecido al músico
folk y activista Pete Seeger que a Osama Bin Laden se ha convertido en apenas
unas horas en el nuevo enemigo público número uno en Gran Bretaña. Pero para el
primer ministro David Cameron, autor de esas palabras, el nuevo líder del
partido laborista, un político atípico por su honradez, coherencia y respeto a
sus propios principios – ¿en qué momento ser así se convirtió en una anomalía y
no el patrón por el que deberían cortar a todos los políticos?- es
prácticamente un terrorista contra el que habrá que luchar con uñas y dientes.
Y para cincelar esa idea en la cabeza de los británicos no hay nada más eficaz
que el miedo, el arma estrella del poder, de ahí que ahora se resuciten los
fantasmas de aquellos comunistas de antaño, los del otro lado del telón de
acero, los que venían a quitarnos nuestros coches, nuestras televisiones y
sobre todo, nuestro dinero.
Para ser justos con Cameron habría que
puntualizar que en realidad la nueva amenaza no es sólo Corbyn sino el partido
laborista al completo puesto que la frase exacta, pronunciada el domingo tras
su victoria fue: “El partido laborista es ahora una amenaza para nuestra
seguridad nacional, nuestra seguridad económica y nuestra seguridad familiar”. Si
cambiamos la palabra “laborista” por “comunista” retrocedemos en el tiempo
treinta años de inmediato. La falta de imaginación de los gobernantes es
portentosa.