Showing posts with label Jeremy Corbyn. Show all posts
Showing posts with label Jeremy Corbyn. Show all posts

Mar 1, 2016

LOS MALOS Y EL MIEDO

[Este artículo se publicó originalmente el 15-9-2015 en la revista semanal CTXT]

Jeremy Corbyn ha dejado de ser un personaje “anacrónico e irrelevante” para convertirse en “una amenaza para la seguridad nacional”. Así funciona el lenguaje del poder: un señor mucho más parecido al músico folk y activista Pete Seeger que a Osama Bin Laden se ha convertido en apenas unas horas en el nuevo enemigo público número uno en Gran Bretaña. Pero para el primer ministro David Cameron, autor de esas palabras, el nuevo líder del partido laborista, un político atípico por su honradez, coherencia y respeto a sus propios principios – ¿en qué momento ser así se convirtió en una anomalía y no el patrón por el que deberían cortar a todos los políticos?- es prácticamente un terrorista contra el que habrá que luchar con uñas y dientes. Y para cincelar esa idea en la cabeza de los británicos no hay nada más eficaz que el miedo, el arma estrella del poder, de ahí que ahora se resuciten los fantasmas de aquellos comunistas de antaño, los del otro lado del telón de acero, los que venían a quitarnos nuestros coches, nuestras televisiones y sobre todo, nuestro dinero.

Para ser justos con Cameron habría que puntualizar que en realidad la nueva amenaza no es sólo Corbyn sino el partido laborista al completo puesto que la frase exacta, pronunciada el domingo tras su victoria fue: “El partido laborista es ahora una amenaza para nuestra seguridad nacional, nuestra seguridad económica y nuestra seguridad familiar”. Si cambiamos la palabra “laborista” por “comunista” retrocedemos en el tiempo treinta años de inmediato. La falta de imaginación de los gobernantes es portentosa.

¿Izquierda radical? ¡Sí, por favor!

[Este reportaje se publicó originalmente en la revista CTXT el 12-9-2015] 

Izquierda radical. Ambas palabras se repiten como un mantra en la prensa anglosajona e internacional para describir y sobre todo desacreditar a Jeremy Corbyn, el hombre que ayer fue elegido nuevo líder del partido laborista. Pese a la artillería pesada mediática en su contra, las bases del partido y cerca de 90.000 de los 120.000 nuevos miembros que se afiliaron durante los pasados tres meses votaron abrumadoramente a su favor (59.5%), convirtiendo a este parlamentario de 66 años en el representante de quienes aspiran a que la política vuelva a ocuparse de los seres humanos y no sólo de los números.

Su mensaje anti-austeridad, expresado sin miedo con palabras clásicas entre las que definirse socialista es motivo de orgullo y no de sonrojo –aún escribe semanalmente para el diario socialista Morning Star- ha calado entre los afiliados al laborismo y sobre todo entre miles de jóvenes a los que se acusaba de apatía política. Pero resulta que no estaban dormidos o esperando a un personaje glamuroso y mediático que les engatusara con corbatas psicodélicas, prótesis dentales o discursos pre-cocinados en los fogones de los despachos de comunicación política si no que necesitaban a alguien de aspecto tan sencillo que a veces abruma pero capaz de entusiasmarles con esos mismos ideales que movilizaron a millones de personas tras la segunda guerra mundial. Sí, el suyo no es un discurso nuevo, es el de la izquierda ‘de toda la vida’ aunque con los ‘upgrades’ propios del siglo XXI, (el de enfrentarse al cambio climático o potenciar seriamente energías renovables), pero quizás durante los últimos 25 años el mundo se había olvidado de que luchar por la redistribución de la riqueza y cuidar de los más débiles de la sociedad no son objetivos satánicos salidos de los bajos fondos del infierno si no aspiraciones cargadas de sentido común, de humanidad y de legitimidad. “No tiene por qué haber desigualdad. No tiene porqué haber injusticia. La pobreza no es inevitable”. Esa fue una de las primeras frases de Corbyn ayer en su primer discurso tras ser elegido. ¿Por qué resistirse a algo que suena tan bien?  ¿Simplemente porque conseguirlo es difícil? ¿En qué momento aspirar a un mundo mejor se convirtió en un concepto trasnochado y desechable?