Izquierda radical. Ambas palabras se
repiten como un mantra en la prensa anglosajona e internacional para describir
y sobre todo desacreditar a Jeremy Corbyn, el hombre que ayer fue elegido nuevo
líder del partido laborista. Pese a la artillería pesada mediática en su contra,
las bases del partido y cerca de 90.000 de los 120.000 nuevos miembros que se
afiliaron durante los pasados tres meses votaron abrumadoramente a su favor
(59.5%), convirtiendo a este parlamentario de 66 años en el representante de quienes
aspiran a que la política vuelva a ocuparse de los seres humanos y no sólo de
los números.
Su mensaje anti-austeridad, expresado sin
miedo con palabras clásicas entre las que definirse socialista es motivo de
orgullo y no de sonrojo –aún escribe semanalmente para el diario socialista
Morning Star- ha calado entre los afiliados al laborismo y sobre todo entre
miles de jóvenes a los que se acusaba de apatía política. Pero resulta que no
estaban dormidos o esperando a un personaje glamuroso y mediático que les
engatusara con corbatas psicodélicas, prótesis dentales o discursos
pre-cocinados en los fogones de los despachos de comunicación política si no que
necesitaban a alguien de aspecto tan sencillo que a veces abruma pero capaz de
entusiasmarles con esos mismos ideales que movilizaron a millones de personas
tras la segunda guerra mundial. Sí, el suyo no es un discurso nuevo, es el de
la izquierda ‘de toda la vida’ aunque con los ‘upgrades’ propios del siglo XXI,
(el de enfrentarse al cambio climático o potenciar seriamente energías
renovables), pero quizás durante los últimos 25 años el mundo se había olvidado
de que luchar por la redistribución de la riqueza y cuidar de los más débiles
de la sociedad no son objetivos satánicos salidos de los bajos fondos del
infierno si no aspiraciones cargadas de sentido común, de humanidad y de
legitimidad. “No tiene por qué haber desigualdad. No tiene porqué haber
injusticia. La pobreza no es inevitable”. Esa fue una de las primeras frases de
Corbyn ayer en su primer discurso tras ser elegido. ¿Por qué resistirse a algo
que suena tan bien? ¿Simplemente porque
conseguirlo es difícil? ¿En qué momento aspirar a un mundo mejor se convirtió
en un concepto trasnochado y desechable?