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Jun 3, 2015

ARTISTAS EN FUGA, CIUDADES MUERTAS

[Reproduzco aquí mi quinta columna para Cosmópolis, mi serie de opinión en CTXT, publicada el 24 de febrero. Aquí link al artículo original. ]

Es una palabra que está de moda pero cuando la escuché por primera vez ‘gentrificación’ sólo se utilizaba en países anglosajones. Claro que estoy hablando de aproximadamente hace quince años, cuando España aún no había empezado a experimentar los efectos de este virus que no sólo ya ha sido el culpable de la muerte de varios barrios insignes de Madrid, Barcelona y otras ciudades si no que recorre las arterias de docenas de urbes del planeta donde el ladrillo y quienes especulan con él han adquirido tanto poder que este palabra que viene del inglés, que aún no está incluida en el diccionario de la RAE y para la que nadie ha encontrado una traducción apropiada - ¿aburguesamiento? ¿elitización?- es el pan nuestro de cada día.

Igual que las armas de destrucción masiva que (no) había en Irak tenían efectos colaterales, la gentrificación provoca, en su etapa culminante, además de la disneylandización de los barrios que la sufren y el desembarco de sospechosos vecinos de billetera rebosante que antaño no se habrían atrevido ni a visitarlo sin bajarse de un taxi, la desaparición de un grupo de seres que al ser expulsados de la geografía local alimentan involuntariamente la construcción de un paisaje monocromático que convierte el siglo XXI en una sucesión de ciudades casi idénticas. Sí, hablo de ‘los artistas’, esos que para los nuevos inquilinos del centro sólo cuentan si firman cuadros de 30 millones de libras – el último precio alcanzado en una subasta por una obra Gerhard Richter- y para otros son el alma que contribuye a que nuestras urbes sean un poquito menos aburridas.

¿Quién no hubiera querido pasearse por el Soho neoyorquino de Gordon Matta Clark y comer en su restaurante Food? ¿O escuchar un concierto en el Bowery de Patti Smith y Los Ramones en Nueva York? ¿O incluso conocer el Shoreditch de finales de los ochenta, cuando Damien Hirst aún no era una celebridad sino un artista en ciernes que organizaba exposiciones locas en un barrio del este de Londres que asustaba a los ciudadanos de buena familia? Es cierto, no hay que ser inmovilistas ni nostálgicos en exceso pero cuando en vez de punks en Camden o Chelsea tenemos a oligarcas rusos como Roman Abramovich invirtiendo 100 millones en una casa y cuando en vez del menú de artistas de Matta Clark tenemos ‘wine bars’ tan sosos que dan ganas de liarse a romper botellas en su interior a ver si alguien da muestras de sentir algún tipo de emoción, es que nuestras ciudades han entrado en la espiral de ‘gentri-decadencia’.

May 17, 2010

SHEPARD FAIREY, CITIZEN ARTIST OR CITIZEN CELEBRITY?

This time in Spanish

En mi lentitud bloguera de los últimos tiempos, se me acumulan los textos pensados, medio escritos o inacabados así que he decidido publicarlos aunque lleguen con retraso porque ciertas reflexiones, creo, no tienen fecha de caducidad:

Calle Wooster, Soho, 1 Mayo 2010
Frente a la galería Deitch Projects




Galería Deitch Projects


Exposición May Day, de Shepard Fairey

En Nueva York hay muchos mundos. Por ejemplo mientras un supuesto terrorista intenta volar Times Square y la prensa se apresura a dar titulares que anuncian 'pánico en las calles de Nueva York', al otro lado de la ciudad, en el Soho, ni dios se ha enterado de lo que pasa en Times Square. Normal, en realidad pasó poco, sólo acordonaron unas cuantas calles porque el coche no explotó y, señores, esto no es Kabul, como alguien me dijo que llegó a leer en algún periódico... Pues bien, en ese Soho tan pijo del siglo XXI, -ay, si Gordon Matta Clark levantara la cabeza...- unas 300 personas hacían cola tan tranquilas para ver la exposición de Shepard Fairey mientras la policía luchaba contra 'las fuerzas del mal' y la prensa buscaba titulares impactantes.


En la puerta de Deitch Projects.


En el interior

Artistas como Fairey pueden ser arrestados como presuntos terrorista por utilizar las calles como lienzo. Recuerden que desde el 11S retar a la autoridad de cualquier forma -incluso con un rotulador con punta- significa transformarse en enemigo potencial de América... Pero hoy Fairey, gracias a la fama que todo lo puede (conseguida gracias al diseño del poster de Obama que se convirtió en el logo simbólico y poderoso de la campaña electoral), goza de inmunidad y arrastra a las masas a una galería de arte. No me quejo, ojalá la gente hiciera más colas para ver todo tipo de arte y no sólo para ver a Picasso.


Nuevas obras de la serie May Day.

Lo malo de esta ecuación es que desde que Fairey también es celebrity, el arte que le hizo relevante ha dejado de importar y ahora es una simple mercancía que mueve miles de dólares y atrae a curiosos demasiado interesados en la foto como para fijarse en el arte. Doy fe porque estuve en su inauguración en la galería Deitch (que cierra sus puertas con esta exposición porque su dueño se va a dirigir el museo angelino MOCA) y asistí a una escena surrealista: la cola daba la vuelta a la manzana, en la puerta la gente se agolpaba para ver a la gente ???¿¿¿¿ y dentro, más gente, armada de artefactos digitales varios, miraba de reojo la exposición. Todos estaban atentos a ver quién pasaba por allí. De repente, el propio Fairey hizo su aparición. Fue como una implosión atómica: la audiencia se arremolinó a su alrededor, como si fuera la virgen María a punto de repartir milagros. El pobre sólo quería saludar a sus amigos pero fue imposible, demasiadas manos tocándole y zarandeándole. La situación llegó a tal grado de histerismo que tres guardaespaldas forzudos se ocuparon de echar a la gente a la calle para que se les pasara el sofoco y el artista pudiera volver a respirar. Al rato, la cola volvió a moverse y la galería a llenarse. En la puerta me llegaron a decir: "El espectáculo es super entretenido y además hay famosos!". ???????¿¿¿¿¿¿¿¿.


En esta foto hay cinco personas y cuatro
cámaras...


Fotógrafo subido a farola para sacar
panorámica del espectáculo

Hombre, por allí pasaron Roberta Smith y Jerry Saltz, la pareja de críticos-dios de la ciudad, pero dudo mucho que los adictos a las celebrities los reconocieran. Pero sí, también estuvieron Adrien Brody, Salman Rushdie y Russel Simmons... so... what? Si ya me cuesta entender por qué la gente es capaz de hacer cola durante horas para sacarse una foto con Madonna o Brad Pitt, cómo voy a entender que la gente haga cola para ver a Shepard Fairey y a estos famosos a los que de repente les interesa el arte callejero porque ahora cotiza por las nubes?



A Fairey no sé si criticarle. Al fin y al cabo, como él mismo me dijo "con lo que gano vendiendo estos cuadros reinvierto en seguir haciendo arte en la calle" (y con lo que le sobra tiene una linea de ropa, Obey Clothing, una galería de arte en Los Angeles y múltiples proyectos pero al menos, no se le ve por ahí posando en las fiestas de otros).



Su exposición va a estar abierta hasta el próximo 29 de mayo y se titula May Day, por aquello de la llamada de socorro ('mayday' esa que siempre sale en las películas cuando le disparan a un avión) y el día del trabajador, y a ellos y a los activistas del mundo se la dedica, tanto en concepto como a través de los retratos escogidos. También hay un flamante mural suyo en la esquina de Houston con Bowery hasta diciembre. Para los que quieran entender al cerebro detrás de la fama y los millones, aquí está este texto escrito con mucho mimo y buena pluma por Antonino D'Ambrosio, un activista auténtico que pese a todo lo que yo haya dicho antes, sin duda invita a pensar en el trabajo de Fairey.

Esto en cambio, es lo que opina otro tipo de artista callejero que aprovechando la coyuntura montó chiringuito frente a la galería: