Jan 21, 2009

TURISTA ELECTORAL: 'O' DAY IN WASHINGTON


Para mí la aventura comenzó en una calle desierta, porque a las 9 de la mañana, todo Washington estaba ya en el National Mall o alrededores. El metro estaba vacío, la hora punta había sido a las cuatro de la mañana, palabra de Carlos de Vega. Pero al llegar a la estación más cercana al Mall, salir fue arduo. En una ciudad poco preparada para la visita de un millón de personas, en cuyo metro hay que meter el billete a la entrada y la salida, hay que ser tarugo para no pensar que hoy habría que haber dejado que todos viajaran gratis.

Lo que fue toda una experiencia fue ver a Joe Biden jurar 'out of sync', a Aretha Franklin cantar 'out of sync'. Parecía un playback barato! Vaya desastre! 15 millones de dólares e incapaces de hacer coincidir palabra e imagen para el pueblo llano. En las teles no ocurrió, me dijeron. Pero frente a mi pantalla, en el Mall, cuando la ceremonia arrancó, el lapsus entre voz e imagen era totalmente desmendido. Para cuando llegó Obama, lo habían arreglado un poco pero se quedaron medio segundo cortos, suficiente para que cuando el presidente se acelerara al hablar, la sensación al verle fuera molesta.

Pero eso fue sólo anécdótico. Lo dramático fue tratar de sobrevivir a la salida del National Mall tras el discurso. Millón y medio de personas caminando a la vez puede ser una experiencia de agobio aterrador. Tras casi perecer aplastada en una avalancha, decidí agarrarme al espejo retrovisor de una ambulancia aparcada y subirme a uno de sus escalones. Fue como el que se agarra a un salvavidas. Al menos estaba elevada. Soy bajita y estar atrapada entre la gente agobia mucho. Durante media hora sólo vi seres humanos. Muchos. Demasiados. Mirara donde mirara sólo había gente espachurrada entre sí.


Nunca conseguí ver suelo. También vi a dos ambulancias tratar de ir en direcciones enfrentadas y quedarse atrapadas una frente a otra porque había demasiada gente alrededor. Aquello no parecía acabar nunca. Al menos había buen rollo, paciencia, tranquilidad y sentido del humor. Si algo tienen los african americans es sentido del humor. Y ritmo. Qué hubiera sido de este país sin ellos! Les trajeron de la forma equivocada, como esclavos, pero gracias a ellos los británicos trasplantados y todos esos europeos que vinieron del frío aprendieron a sonreir un poco y hasta a mover las caderas y hacer buena música influidos por su sentido del ritmo.

La congelación de mis dedos me obligó a armarme de valor. Salté a la piscina. Me dejé llevar por la marea. Llegué a una autopista cortada al tráfico. Qué extraña sensación caminar por una carretera habitada sólo por humanos. Como además había desfile, al que ni me planteé llegar ante el miedo a encontrarme otra vez entre las masas, (a estas alturas ya había conseguido espacio) tuve que caminar y caminar y caminar. La policía me seguía diciendo que por aquí o por allá no podía pasar. Varios miles de personas se desesperaban conmigo. Dos horas. Seis grados bajo cero. Por el camino me encontré con una big band de Brooklyn que tocaba New Orleans jazz frente al monumento a Simon Bolivar. Bailé un rato con ellos.


También vi basura. Abundante.


Y gente insistiendo en hacer negocio.


Llegué al barrio de la George Washington University, una zona un poco pija que tiene carteles como este:


Me desvié. En la lejanía vi un hotel lujoso. Decidí entrar y descansar como huésped camuflada. Me encontré con una tele y unos señores muy agradables comentando el desfile a la entrada. Me senté con ellos. Pensé que estaba acabando. Pero no. "Se han desmayado dos senadores. El desfile se ha retrasado y acaba de empezar" me dijo uno de ellos. "En todas las inauguraciones pasa algo así" comentaron. No sé, tengo que investigarlo. Vi un rato a Obama y a su mujer. Mentira, vi un coche negro ir despacito por Pennsylvania Ave. Me aburrí. Nunca he entendido bien los desfiles, a menos que sea la Mermaid Parade, la gran desconocida de América.

Luego supe que Obama y Michelle habían salido del coche y habían paseado de la mano entre la multitud extasiada. Emocionante, dicen. No sé yo... Pero me lo perdí. Tuve la estúpida idea de pensar que como ya estaba cerca de casa, podía tomar un taxi y llegar en un momento. No hubiera sido una mala decisión pero el taxista llevaba sólo dos semanas trabajando como tal. Era senegalés y no tenía ni idea de ir a mi casa. Yo tampoco pero al menos yo tenía un mapa. Le guíe como pude. Nos perdimos. Puro surrealismo. Se disparó el taximetro y mi cabreo. Acordamos que no pagaría los 25 dólares que marcaba sino 15. Ni siquiera me dejó en casa.

Lo mejor llegó después. Me encontré una fiesta espontánea protagonizada por la Rhythm Workers Union. Estos señores, que celebraban al nuevo presidente como se debe:

video
Les seguí mientras ocupaban la calle U a ritmo de percusión. Una gran finale. Por la noche hay Inaugural Balls, pero nadie me ha invitado. Quizás practique el crash party.

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