Jun 19, 2015

RECORDAR A LA FUERZA

[Como sabéis estoy publicando aquí mis columnas de opinión para Ctxt. Ésta se publicó el 31 marzo 2015. Aquí el link a la publicación original.]


Cuando te encuentras de frente con ese odioso y temido personaje llamado muerte te haces millones de preguntas inútiles que se repiten a lo largo del tiempo. ¿Cómo es posible? ¿qué ocurrió? ¿se podría haber evitado? y sobre todo ¿por qué?… Esas preguntas a veces también te las haces cuando el que se va no es parte de tu familia o de tu vida pero muere de forma tan incomprensible y despiadada como lo hicieron las 150 personas que volaban de Barcelona hacia Düsseldorf y que nunca llegaron a su destino. La mayoría de nosotros no les conocíamos, no teníamos ningún tipo de relación con ellos, eran desconocidos en un avión que un tipo supuestamente enfermo de egoísmo estrelló en Los Alpes. Lo único que nos diferencia de ellos es que tuvimos más suerte.

Cualquiera podría haber estado en ese avión. Sentimos una enorme empatía hacia sus familias porque podrían ser las nuestras y lloramos al saber de sus mundanas vidas porque podrían ser las nuestras. Leemos voraces los detalles en periódicos, donde la acuciante necesidad de seguir aportando información a veces roza el ridículo, como en este artículo en el que un alcalde dice que el padre del homicida se siente “completamente abatido”. Dan ganas de hacer un chiste de mal gusto.  ¿Cabe la posibilidad de que alguien que acaba de perder a un hijo al que además el mundo entero apunta como a un asesino sin escrúpulos se pueda sentir de otra manera? ¿Era necesario convertir esa frase en titular, esa información en noticia?

Es lo que yo defino como pornografía emocionalLo sufrí en primera persona durante una década en Nueva York cada vez que se acercaba el aniversario del 11S. Y como periodista, a veces incluso me tocó, de una u otra manera, contribuir con mi trabajo a alimentarlo. 

LAS 'SEÑORAS DE' Y EL BOCHORNO

[Continúo la reproducción de mis columnas de opinión para la revista Ctxt. Ésta se publicó el 24 de marzo 2015. El link a la columna original aquí]

Los políticos sólo se acuerdan de las mujeres cuando llegan las elecciones. No me refiero sólo a las votantes sino a las que duermen junto a ellos cada noche. Las señoras de.  Se ha encargado de recordármelo Frank Underwood (Kevin Spacey para los no conversos) en la tercera temporada de House of Cards, donde su mejor baza ante las primarias de su país es su mujer, la gélida Claire, a la que pasea por sus mítines a modo de florero parlante que entusiasma a las hordas en los minutos previos a sus apariciones públicas. En el mundo real estos días sucede algo parecido. En el Reino Unido, donde se preparan para las elecciones generales del 7 de mayo, los candidatos de los principales partidos del país le han cambiado el agua al florero en el que habitualmente flotan más o menos calladas sus esposas y lo han expuesto al sol de sus campañas para ver si ellas, como Claire,  les ayudan a arañar algunos votos.

De momento no se han subido a los escenarios aunque es muy probable que empiecen a hacerlo en breve. Lo que sí hemos sufrido durante los últimos meses ha sido el goteo de declaraciones en la prensa de mujeres con profesiones sólidas como Justine Miliband, esposa del candidato laborista Ed Miliband o Samantha Cameron, esposa del primer ministro David Cameron, a las que la maquinaria electoral reduce, con la inestimable ayuda de los periodistas (a menudo de género femenino), a ‘mujeres de’ en campaña. Y la línea del discurso suele destilar un tono tan ñoño y estereotipado que resulta increíble que en pleno siglo XXI aún siga siendo efectiva. “David es un padre fantástico y un hombre maravilloso. Estoy orgullosa de él porque tiene un trabajo muy estresante que conlleva mucha responsabilidad y lidia con todo estupendamente”. ¿De verdad que el votante tiene tiempo y estómago para escuchar a Samantha Cameron convirtiendo la nada en entrevista

Jun 3, 2015

DISCRIMINACIÓN SILENCIOSA

[Continúo la reproducción de mis columnas de opinión para la revista CTXT. Aquí la publicada el 10 de marzo de 2015. Éste es el link a la original.]

Albert Maysles, inventor de la empatía cinematográfica, el hombre que nos enseñó que un documental podía ser, simplemente, capturar el fluir la vida frente a la cámara, como hizo en su ya mítica ‘Grey Gardens’, falleció el pasado 5 de marzo dejando tras de sí más de cincuenta títulos en su mayoría esenciales para los enamorados del cine documental. Son películas como ‘Gimme Shelter’, sobre el tour de los Rolling Stones que acabó en el trágico concierto de Altamont, donde un fan fue apuñalado frente a la cámara, o ‘Salesman’, un retrato tan triste como realista de la vida de los vendedores de biblias a domicilio, pasando por la dolorosa y tierna instantánea de Big Edie y Little Edie, las primas de Jacqueline Onassis, inmortalizadas por su cámara existiendo al margen del mundo en una mansión en decadencia en los Hamptons en ‘Grey Gardens’. 

Leslee Udwin, directora de ‘Indias’ Daughter’, no es Albert Maysles y no tiene su talento ni su sutileza. Pero en el universo del documental, no sólo pesa la voz del autor sino el material que ha sido capaz de conseguir y a veces eso basta para entregarnos un documento excepcional. Su documental sobre el asesinato de Jyoti Singh, la estudiante de 23 años que murió tras ser violada y prácticamente despedazada por cinco hombres en un autobús en Delhi en diciembre de 2012, ha abierto una guerra entre la BBC y el gobierno indio, que ha censurado la emisión del filme. La batalla desatada ha sido de tal proporción que la BBC decidió adelantar del día 8 al día 4 de marzo la emisión de la película en el Reino Unido por miedo a las presiones que el gobierno indio estaba ejerciendo sobre el británico. No obstante censurar imágenes en el siglo XXI siempre es contraproducente, como bien sabe TV3, que cortó unos minutos del documental Ciutat Morta para encontrárselos íntegros a las pocas horas en Youtube.

ARTISTAS EN FUGA, CIUDADES MUERTAS

[Reproduzco aquí mi quinta columna para Cosmópolis, mi serie de opinión en CTXT, publicada el 24 de febrero. Aquí link al artículo original. ]

Es una palabra que está de moda pero cuando la escuché por primera vez ‘gentrificación’ sólo se utilizaba en países anglosajones. Claro que estoy hablando de aproximadamente hace quince años, cuando España aún no había empezado a experimentar los efectos de este virus que no sólo ya ha sido el culpable de la muerte de varios barrios insignes de Madrid, Barcelona y otras ciudades si no que recorre las arterias de docenas de urbes del planeta donde el ladrillo y quienes especulan con él han adquirido tanto poder que este palabra que viene del inglés, que aún no está incluida en el diccionario de la RAE y para la que nadie ha encontrado una traducción apropiada - ¿aburguesamiento? ¿elitización?- es el pan nuestro de cada día.

Igual que las armas de destrucción masiva que (no) había en Irak tenían efectos colaterales, la gentrificación provoca, en su etapa culminante, además de la disneylandización de los barrios que la sufren y el desembarco de sospechosos vecinos de billetera rebosante que antaño no se habrían atrevido ni a visitarlo sin bajarse de un taxi, la desaparición de un grupo de seres que al ser expulsados de la geografía local alimentan involuntariamente la construcción de un paisaje monocromático que convierte el siglo XXI en una sucesión de ciudades casi idénticas. Sí, hablo de ‘los artistas’, esos que para los nuevos inquilinos del centro sólo cuentan si firman cuadros de 30 millones de libras – el último precio alcanzado en una subasta por una obra Gerhard Richter- y para otros son el alma que contribuye a que nuestras urbes sean un poquito menos aburridas.

¿Quién no hubiera querido pasearse por el Soho neoyorquino de Gordon Matta Clark y comer en su restaurante Food? ¿O escuchar un concierto en el Bowery de Patti Smith y Los Ramones en Nueva York? ¿O incluso conocer el Shoreditch de finales de los ochenta, cuando Damien Hirst aún no era una celebridad sino un artista en ciernes que organizaba exposiciones locas en un barrio del este de Londres que asustaba a los ciudadanos de buena familia? Es cierto, no hay que ser inmovilistas ni nostálgicos en exceso pero cuando en vez de punks en Camden o Chelsea tenemos a oligarcas rusos como Roman Abramovich invirtiendo 100 millones en una casa y cuando en vez del menú de artistas de Matta Clark tenemos ‘wine bars’ tan sosos que dan ganas de liarse a romper botellas en su interior a ver si alguien da muestras de sentir algún tipo de emoción, es que nuestras ciudades han entrado en la espiral de ‘gentri-decadencia’.

May 5, 2015

LA BIBLIOTECA

Reproduzco aquí mi cuarta columna de la serie Cosmópolis publicada el 17 de febrero de 2015 en la revista CTXT. Aquí el link al artículo original.

Es un sonido gutural, doloroso, como ese aullido roto e histérico de los zorros en celo que a veces te sobresalta en medio de la noche en Londres. Se mezcla con sonidos molestos de fluidos inconfundiblemente humanos, seguidos de un suspiro. Después, el silencio vuelve a invadirlo todo. Él también acude a la biblioteca todos los días. Podría tener setenta años aunque quizás tenga cincuenta, o sesenta. Sus canas pegajosas, su gabardina negra y sucia y sus gafas con muchas dioptrías sugieren que la vida le ha querido poco y le ha robado años. Solo lee periódicos y a una distancia peligrosamente cercana a sus ojos. Pero la mayoría de las veces es su cara la que está pegada a las noticias impresas, siestas largas sobre el Daily Telegraph que agradezco inmensamente porque los quejidos intermitentes de su cuerpo me obligan a pensar en demasiadas cosas que no quiero.

Trabajo a diario en una biblioteca de barrio en Londres porque mi hija aún no entiende que su madre, como todo periodista freelance, trabaje en casa así que me toca huir. Dicen que las bibliotecas están destinadas a extinguirse, como los videoclubs. Es difícil ver a alguien con un libro en la mano. La mayoría de mis compañeros de planta son estudiantes que acuden allí con su ordenador y que rara vez consultan el papel. Todo lo buscan online, como yo. Mientras, las estanterías acumulan polvo. Yo lo prefiero al olor a café requemado de Starbucks, la nueva biblioteca para freelances de la era de la globalización. Es cuestión de gustos y de silencios (interruptus).

Mar 11, 2015

LA IDEOLOGÍA DEL BIENESTAR

[Reproduzco aquí mi tercera columna de la serie Cosmópolis para la revista ctxt.es, publicado el 10 de febrero de 2015. Aquí el link al artículo original.]

La ideología del bienestar. Vivimos tiempos confusos. Y la gente está confundida. O quizás sea yo. Me gusta poco que todo el mundo a mi alrededor haga deporte como si les fuera la vida en ello. Y encima suden con estilo. Yo soy de las que utiliza el mismo chándal roñoso desde hace años y una camiseta fea y grande en la que esconder mi chichilla lateral. Ellos no, a veces incluso parece que en vez de correr y ahogarse, como me ocurre a mí, disfruten. Pero si sólo fueran ellos… Lo de la vida sana es una plaga y no puede acabar bien. Ya fue una mala señal que desaparecieran de las redacciones el tabaco y el whisky. Y así le va ahora al periodismo. Pero lo del detox, el wellness, el yoga, el apio, el gluten o los blogs dedicados a todo ello en la prensa mundial es un despropósito. Y empieza a haber pruebas serias de ello.

En mi barrio londinense, de clase media bien, mujeres con hijos duplicados y ojeras hasta el suelo se gastan cifras innombrables en productos "sanos" en tiendas cuya abultada facturación diaria me invita a plantearme si debería abandonar mi profesión y abrir una franquicia. Hasta que leo, qué irónico, en uno de esos blogs de cuya existencia me quejo, que la FDA, el organismo que regula las medicinas y la alimentación en Estados Unidos, se ha puesto a analizar el contenido de muchos de esos productos denominados "suplementos alimenticios" y dentro no hay nada que se parezca a lo que rezan sus etiquetas. El Gingko Biloba, que supuestamente ayuda a la memoria, no es tal, es polvo de arroz. En el Ginseng, no hay ginseng. En la Echinacea, tan apañada ella para la gripe, no hay nada con ese nombre. En la Valeriana sólo hay espárragos, zanahoria y guisantes. Mejor no sigo porque yo también he pagado un riñón alguna vez por estos productos.

Afortunadamente hay gente sensata que se ha puesto a reflexionar sobre esta obsesión global por la salud, como el profesor André Spicer, de la Cass Business School de la City University of  London , que ha escrito al alimón con Carl Cederstörm, de la Universidad de Estocolmo, el libro The Wellness Syndrome. Su objetivo es alertar sobre los riesgos que entraña una sociedad en la que cuidarse, estar sano y buscar la felicidad en el deporte o la meditación están empezando a convertirse en dictadura. Cuando el cuerpo es la única verdad, se corre el riesgo de caer en el nihilismo, advierten, con la consiguiente desaparición del compromiso político y el yo como único valor en la vida. Además, esa presión por ser/estar sanos te puede hacer sentir mal si no consigues cumplir tus propias expectativas. Pero, lo que es aún más grave, "se está imponiendo la idea de que una persona que es sana y feliz es moralmente una buena persona mientras que quien no se cuida tiene fallas morales", escriben.

FUNDIDO A NEGRO

Reproduzco aquí mi segunda columna de la serie Cosmópolis para la revista CTXT.ES publicado el 3 de febrero de 2015. También os dejo el link al artículo original.

Fundido a negro
El rostro de mármol que preside el arco de entrada de la Tate Britain está partido por la mitad. Le falta la boca, la barbilla y media nariz y el pelo está contaminado: le delata la negrura sucia de sus rizos. Podría leerse como una metáfora del estado de esta institución pero eso sería forzar la máquina de la poesía y tampoco hay que exagerar. No obstante, hay un grupo de gente cada vez más amplio que piensa que tanto la Tate Gallery (en todas sus sedes) como otras grandes instituciones culturales británicas sufren heridas morales que es urgente reparar y que manchan de negro su reputación.

El pasado sábado, bajo esa lluvia impertinente que con frecuencia entristece Londres, los ojos de esa escultura escrutaban a los diversos visitantes que esperaban a las puertas de este museo a que dieran las diez para poder entrar. Entre ellos había siete personas que vestían de negro y llegaron por separado. En ningún momento se dirigieron la palabra pero todas ellas se encaminaron hacia el mismo lugar: el bar de los socios de la Tate. Uno a uno enarbolaron sus carnés frente a una joven recepcionista y fueron tomando posiciones en los balcones interiores de este bar situado en el último piso del museo y desde el que hay una espectacular vista de la escalinata y la rotonda de la institución. Poco después, con los guardias de seguridad aún despegándose las legañas de los ojos y los primeros visitantes caminando sin rumbo, se colocaron unos velos negros sobre el rostro y comenzaron a lanzar billetes al aire.


Ésta ya no era una lluvia triste como la de afuera sino más bien una cascada inesperada de emociones, incomprensible para los turistas, enervante para los empleados de la institución y "muy poderosa" para uno de sus creadores, como la definió al terminar. Verles lanzar lentamente sus billetes de 20 libras del Banco Tate en una performance que duró unos veinte minutos fue extrañamente tranquilizador, y hubo hasta quien pensó que era parte de la programación del museo, sobre todo porque a mitad de espectáculo comenzó a sonar música clásica. No era parte del guión, en realidad provenía de una prueba de sonido en otra sala cercana, pero se coló en la performance en el instante preciso.