Cuando te encuentras de frente con ese odioso
y temido personaje llamado muerte te haces millones de preguntas inútiles que se
repiten a lo largo del tiempo. ¿Cómo es posible? ¿qué ocurrió? ¿se podría haber
evitado? y sobre todo ¿por qué?… Esas preguntas a veces también te las haces
cuando el que se va no es parte de tu familia o de tu vida pero muere de forma
tan incomprensible y despiadada como lo hicieron las 150 personas que volaban
de Barcelona hacia Düsseldorf y que nunca llegaron a su destino. La mayoría de
nosotros no les conocíamos, no teníamos ningún tipo de relación con ellos, eran
desconocidos en un avión que un tipo supuestamente enfermo de egoísmo estrelló
en Los Alpes. Lo único que nos diferencia de ellos es que tuvimos más suerte.
Cualquiera podría haber estado en ese
avión. Sentimos una enorme empatía hacia sus familias porque podrían ser las
nuestras y lloramos al saber de sus mundanas vidas porque podrían ser las
nuestras. Leemos voraces los detalles en periódicos, donde la acuciante
necesidad de seguir aportando información a veces roza el ridículo, como en
este artículo en el que un alcalde dice que el padre del homicida se siente
“completamente abatido”. Dan ganas de hacer un chiste de mal gusto. ¿Cabe la posibilidad de que alguien que
acaba de perder a un hijo al que además el mundo entero apunta como a un asesino
sin escrúpulos se pueda sentir de otra manera? ¿Era necesario convertir esa
frase en titular, esa información en noticia?
Es lo que yo defino como pornografía
emocional. Lo sufrí en primera persona durante una década en Nueva York
cada vez que se acercaba el aniversario del 11S. Y como periodista, a veces
incluso me tocó, de una u otra manera, contribuir con mi trabajo a alimentarlo.